¿Te imaginas dejar de procrastinar y pasar a la acción de una vez por todas?

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Ese proyecto que has dejado a un lado y cuyo plazo está cada vez más cerca, ese amigo al que llevas prometiendo semanas que le ayudarás con su idea, la llamada de ese cliente que llevas posponiendo día tras día… Espera, ¿no ibas a intentar empezar a ir más a menudo al gimnasio este año?

¿Te imaginas cómo te sentirías si fueras capaz de hacer esas cosas que no quieres hacer cuando se supone que deberías hacerlas? Por no hablar de que serías mucho más eficaz, con menos culpa y estrés.

Ya comentábamos en este artículo qué es la procrastinación, por qué lo hacemos y cómo evitarla. Sin embargo, como es algo muy habitual no quiero dejar pasar la oportunidad de contaros algunas estrategias que creo que pueden ser de ayuda.

Estrategias para evitar la procrastinación

La estrategia más adecuada suele depender de la razón por la que estás postergando las cosas.

1. Adoptar un enfoque preventivo

Cuando sentimos que al hacer algo vamos a obtener ganancias, nos sentimos más motivados y optimistas. Por ejemplo, si pensamos que si hacemos ejercicio regularmente nos veremos mejor, es probable que estemos más motivados para ir al gimnasio, o si pensamos que al terminar una tarea o proyecto con éxito impresionaremos a nuestros superiores, es posible que seamos reconocidos. Por contra, esta visión es un arma de doble filo, ya que también podemos llegar a pensar que si lo hacemos mal o metemos la pata, nos lo reprocharán o no conseguiremos los resultados esperados. Este miedo a meter la pata muchas veces es el diablillo que impide que nos pongamos a ello.

Por eso, adoptar un enfoque preventivo puede ayudarnos a evitar procrastinar. Si, en lugar de enfocar la tarea como un éxito o un fracaso nos centramos en cómo podemos evitar el fracaso, adoptando un enfoque preventivo, queda claro que la única vía es actuar de inmediato, ya que es la única forma de «salir del peligro». Para los que se centran en la prevención, completar con éxito un proyecto es una forma de evitar que su jefe se enfade o piense mal de nosotros. Hacer ejercicio regularmente sería una forma de no «dejarse llevar».

2. No, no siempre tienes que tener ganas de hacerlo

Como señala Oliver Burkeman en su libro El antídoto: Felicidad para gente que no soporta el pensamiento positivo, la mayoría de las veces cuando decimos cosas como «soy incapaz de levantarme de la cama» o «no puedo hacer ejercicio», lo que realmente queremos decir es que no tenemos ganas de hacerlo. Piénsalo bien, nadie te ata a la cama cada mañana ni tampoco hay ningún portero bloqueándote la entrada del gimnasio (o al menos en el mío no lo hay).

Pero, «¿quién dice que hay que esperar a tener ‘ganas’ de hacer algo para empezar a hacerlo?». Piénsalo un momento, porque este punto es realmente importante. En algún momento, todos nos hemos hecho a la idea -sin darnos cuenta- de que para estar motivados y ser eficaces tenemos que sentir que queremos pasar a la acción. Tenemos que tener ganas de hacerlo. Sin embargo, esto no tiene ningún sentido. Está claro que es necesario estar comprometidos con lo que estamos haciendo, ya sea con un proyecto, con estar más sano, con levantarnos más temprano… Pero no siempre vamos a tener ganas de hacerlo (y de hecho, no es necesario). De hecho, Burkeman dice que muchos artistas, escritores e investigadores con éxito justifican este éxito la capacidad de atarse a rutinas de trabajo y a una disciplina. No importa lo poco inspirados (o, la resaca) que pudieran sentir: «La inspiración es para los aficionados. Los demás simplemente nos ponemos a trabajar«.

3. Si…, entonces…

Muchas veces tendemos a confiar demasiado en nuestra capacidad de reacción ante situaciones difíciles y no decidimos de antemano cómo vamos a actuar. Al planificar qué vas a hacer exactamente, cuándo y dónde lo vas a hacer, no tendrás que tomar la decisión cuando llegue el momento. ¿Tengo que hacer esto ahora?, ¿puede esperar hasta más tarde?…

La disciplina es importante, incluso si eso significa revisar el correo electrónico solo una vez por hora o apagar la música para volver a enfocar la atención en un artículo. Establecer un plan de acción y ceñirte a él lo máximo que puedas, es la mejor forma de evitar la temida procrastinación.

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